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Número 12 - Diciembre 2017
Emma Zunz, una niña que busca justicia
Pía Fragueiro y Hugo Dvoskin

1.- La protagonista

Aquella mañana, ante los ojos de su hija Emma -podría uno imaginar que llorosos, algo inquisidores y avergonzados-, Emanuel Zunz, -¿ahora señor Maier?-, dejó a su familia para huir a Brasil. La misma mañana en la que le confió su secreto -o que ella hizo secreto del decir del padre– o que hizo verdadero lo que no era sino una excusa, aquel día, el sol se eternizó en un mismo punto del cielo en la vida Emma Zunz.
Para la lógica positivista Emma Zunz concibió un plan. Para nosotros el plan comenzó a urdirse el mismo día en que el padre contó su secreto. Sólo esperaba algún factor más o menos absurdo, más o menos realista, para que a Emma -como a Lady Macbeth- los espíritus del mal, inspiradores de todo crimen, convirtieran en hiel la leche de sus pechos -inmaculados-. No importaron los nombres, ni los lugares. Ella leyó algo que, aunque no haya estado necesariamente escrito en lápiz sobre papel, sí lo estaba quizás en la historia, en su cabeza. Ella lo (des)cifró en la carta que recibió desde Brasil. A la espera de algún azar, esas líneas fueron apenas un montaje para la puesta en marcha de otra escena.
Acaso esa muerte del padre, esa información borroneada, vino a repetir lo que ya había sucedido antes: que el padre ya estaba muerto. Ese hecho era lo único que había sucedido en el mundo. Seguía y seguiría sucediendo. Ahora cobraba una estética. La carta precipitó lo que ya estaba, puso en movimiento lo que en el tiempo detenido esperaba agazapado.

2.- El acto

Sería factible suponer que la venganza en juego refería al hecho de que el padre las hubiese dejado sin casa y denigradas, por lo cual soportaron el oprobio. Incluso imaginar que esa venganza era también avivada por la imagen de una mujer olvidable, a la que Emma se esforzaba en recordar. Ese recuerdo de la madre se encarnó en el momento preciso en que Emma se ofreció al ultraje. Tal vez despertado por un detalle escenográfico que impactó a los ojos de la niña del  que quizás no era ajena. Para llevar a cabo el acto atroz se replicó la casa de Lanús con sus losanges de vidrios amarillos.

Por eso en el momento del acto no primó sólo la venganza ni el deseo de hacer justicia (2) (por su padre) sino a la vez por el cuerpo, el de ella, que -suponemos- alguna vez supo erizarse por la electricidad de los flujos hormonales, aun también por el de su madre que padeció en carne propia lo que el marino hizo en su cuerpo. “Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían.”(3) Emma reprodujo en ese momento, los encuentros sexuales de su padre con su madre… y se vengó en Loewenthal.

3.- Loewenthal.

¿Por qué en él, en Loewenthal? Otra vez sería fácil -y hasta obvio- suponer que se trataba de vengar al padre. Empero otro detalle: ese horror casi patológico hacia los hombres habría que anudarlo a lo que se supone los hombres “ven en las mujeres”.
Sabemos que Emma tenía una mejor amiga, a la que no le contaba sus secretos, con la que no compartía intimidades. Sus amigas no esperaban que ella hablara de novios. Soportó algunas burlas vergonzantes en el club. Necesitó mirar cómo se manejaban las otras. Tal vez se trataba de ser anónima o más precisamente de no ser vista, de ser inadvertida para el padre, para las otras mujeres, para los hombres. Emma supuso, o mejor dicho sabía, que si bien Loewenthal no la vio venir, la miró entrar y que, casi con certeza, sobre su figura los ojos libidinosos del viudo dieron un paseo.
Emma, quien se proclamaba contra toda violencia, se sometió a una violación y mató a sangre fría -los actos más violentos y aberrantes, más condenables y punibles-. Acaso la violencia para Emma, “la verdadera violencia” era que un hombre se interesase en una mujer.

Emma esa mujer que pasaba inadvertida, una más del montón, una más en la serie, de la que pudo decirse: “(…) lo más razonable es conjeturar que al principio erró, inadvertida, por la indiferente recova…”, cobró otra presencia. A la que una vez en el colectivo le alcanzaba con estar en primera fila para hacerse invisible, ya no fue la misma una vez que el plan y ella se encontraron.Con el plan formateado Emma ya era la que sería. Acaso hasta ese momento no tuvo nombre. Emma Zunz nació una vez que el acto tuvo fecha, hora y estética.
En el momento del sacrificio, Emma pensó en su padre, no como víctima de Loewenthal sino como actor y agente del horror, uno más entre aquellos que inspiraban un horror patológico. Ya sin dudas, al momento de matar, el odio estuvo más motivado por el castigo por la humillación voluntariamente padecida. Lo que en un comienzo fue la excusa para vengar al padre, enhebraba una tragedia que leemos en términos de vengarse del padre. (4)  


El ultraje a ella, a la madre, a las mujeres, se apropió del protagonismo central de la escena y ya no hubo lugar para teatralerías, a las que se redujo el palabrerío que Loewenthal habría oido antes de morir.
La escena se desencadenó mal. Nada salió como Emma pretendía en el encuentro con Loewenthal. Tal vez no soportó el guión en el que se justificaba y ofrecía lealtad. O acaso no toleró lo que la copa de agua que él fue a buscar comenzaba a presentificar en su cabeza. ¿Habrá sentido que empezaba a participar de una escena de seducción y ser ligeramente cómplice de una cita amorosa? Los disparos salieron sin mediar las palabras que llegaron a destiempo.

4.- Justicia

En el prontuario policial que concluyó con el sobreseimiento y la liberación por falta de pruebas para acusarla o para modificar la carátula de “Homicidio en defensa propia”, figura que Emma Zunz era una adolescente pronta a entrar a la adultez, de ya casi 19 años, obrera con recursos propios. En nuestra anamnesis, es una niña para quien el padre no miente y para quien la vida sexual es ajena y lejana.
No cupo el castigo para Emma porque ella hizo justicia en pespuntes con hilo infantil. Digamos que el código penal de los niños, leído en clave de exilio o muerte, se resume a una sola sentencia, lisa y llana: “que se vaya, que se muera”. Emma, probablemente haya atribuido la responsabilidad de parte del acto a una voluntad ajena: “Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”(5). Quizás creyó que había sido un acto ejecutado, no por voluntad propia, sino por voluntad del Padre, con el que redimiría a la humanidad de cargar con la condición de pecadores. Ave Emma Purísima, sin pecado concebida. Ella se transformó en un instrumento de la Justicia, y en esa condición quedó más cerca del bronce que de los barrotes.

Si lo verdadero ha sido “el tono, el pudor y el odio”, si han sido falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios, ¿por qué este movimiento no incluiría los nombres del padre, el del Loewenthal, las calles, los días, la carta misma? Nuestro foco de atención se dirige a lo único verdadero: el deseo de asesinar a ese hombre que posible o conjeturalmente deseó voluptuosamente a esta inocente niña.


Notas
1-  Jorge Luis Borges, El Aleph, “Emma Zunz”, O.C., Emecé.
2- Reservaremos el uso de la mayúscula para la Justicia que responde a otra ley.
3-  Jorge Luis Borges, El Aleph, “Emma Zunz”, O.C., Sudamericana, tomo 5, p. 226.
4-  Del/al, las mismas preposiciones que supieron tener la traducciones  del texto freudiano sobre el Narcisismo. Se trata de las diferentes pre-posiciones con las que se llega a la escena. En un caso se venga “de” Loewenthal en otro se venga “en” Loewenthal. En un caso Loewenthal es un enemigo del padre, en el otro es su espejo y son un mismo cuerpo. Acaso borgeanamente, enemistad y mismidad no guarden distancias.  
5-  Evangelio según San Lucas. 22, 39-46.

Pía Fragueiro y Hugo Dvoskin

 

 

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